Los remedios caseros han sido transmitidos de generación en generación, y algunos cuentan con cierta base científica que respalda sus beneficios. Sin embargo, su uso no siempre es seguro o efectivo, ya que muchos de estos carecen de controles en su preparación y dosificación.
De acuerdo con especialistas, varios fármacos tienen su origen en productos naturales, pero a diferencia de los remedios caseros, estos pasan por procesos de purificación y estandarización para garantizar su eficacia y seguridad. Un ejemplo común es la manzanilla, que se utiliza frecuentemente en menores para tratar la diarrea. No obstante, su uso está contraindicado en niños menores de un año, ya que puede dañar las vellosidades intestinales responsables de absorber nutrientes esenciales.
En adultos, el té de jengibre es conocido por sus propiedades antiinflamatorias, pero su consumo excesivo puede causar hipotensión severa, una condición en la que la presión arterial baja impide que el corazón, el cerebro y otros órganos reciban suficiente sangre, según información de la secretaría de salud.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 80% de la población mundial utiliza plantas medicinales. En México, el 90% de la población ha usado o usa alguna planta medicinal. Los remedios caseros, como las plantas medicinales, son parte de la farmacopea popular. Sin embargo, usar remedios caseros en lugar de acudir al médico puede hacer que se pasen por alto tratamientos importantes.
Especialistas recomiendan consultar a un médico antes de recurrir a remedios caseros, especialmente en casos de enfermedades crónicas o en grupos vulnerables como niños y personas mayores. La automedicación, incluso con ingredientes naturales, puede generar complicaciones graves si no se realiza bajo supervisión profesional.