Siempre me he considerado un amante del cine. Desde que vi por primera vez a Al Pacino en Scarface, con su ceño fruncido y su eterno "Say hello to my little friend", todos hemos tenido un personaje que nos eriza la piel, una historia que nos cambia.
Lo convencional nunca ha sido lo mío. Nunca me ha gustado lo esperado, lo predecible, lo de siempre. Porque en la vida, al igual que en el cine, uno no puede quedarse atrapado en la misma historia. Y en la búsqueda de un nuevo sabor, un nuevo cine, me encontré con Cinemas Lerma.
Siendo honesto, esperaba un pequeño cine, pero la vida es mejor cuando te sorprende, y este lugar superó mis expectativas. Si el cine es un placer, que sea un banquete. Nachos, palomitas, un hot dog. ¿Por qué no? Porque si el alma necesita alimento, el cuerpo también.
Con mi botín de calorías en mano, me sumergí en una de mis experiencias favoritas: sentarme en una butaca, dejar que las luces se atenúen y perderme en la pantalla. Es ese instante, entre el sabor de la mantequilla derretida y el queso chisporroteante, cuando realmente agradeces al creador. No por las grandes cosas, sino por esos pequeños placeres que hacen que la vida valga la pena.
Pero la vida no es solo cine, también somos fifas. Y como la realidad a veces es un guión mal escrito, qué mejor forma de evadirla que con un control en la mano y una sesión de GTA.
Todos estamos buscando nuestro arco narrativo, esa escena en la que todo cobra sentido. Y mientras ese día llega, qué mejor que unas palomitas, un refresco y una buena película.