En los últimos años, los plásticos de un solo uso se han convertido en uno de los principales desafíos ambientales a nivel global. Desde bolsas y popotes hasta envases y cubiertos desechables, estos productos, diseñados para ser utilizados una sola vez, generan toneladas de residuos que terminan en vertederos, ríos y océanos.
Desde 2020, en el Estado de México entró en vigor la prohibición de plásticos de un solo uso como bolsas, popotes y utensilios desechables, con el objetivo de reducir la contaminación ambiental. Esta medida, impulsada por la Ley para la Prevención y Gestión Integral de los Residuos, busca fomentar el uso de materiales biodegradables y reutilizables.
Sin embargo, a más de cuatro años de su implementación, su cumplimiento sigue siendo un desafío, ya que en muchos comercios y mercados aún se observan estos productos en circulación.
La acumulación de plásticos de un solo uso en calles, ríos y cuerpos de agua intensifica la contaminación y obstruye los drenajes, aumentando el riesgo de inundaciones en temporada de lluvias. Su lenta degradación afecta la biodiversidad y pone en peligro a la fauna que los ingiere accidentalmente.
El incumplimiento de la normativa sobre plásticos de un solo uso refleja no solo una débil aplicación de sanciones, sino también una falta de concientización sobre sus graves efectos en el medio ambiente y la salud. Para reducir su impacto, es fundamental fortalecer la regulación, fomentar alternativas sostenibles y promover una mayor educación ambiental entre la población, incentivando el uso de opciones ecológicas y el correcto manejo de las tres R: reducir, reutilizar y reciclar.